
Crítica de disco:
TERMITA MANTIENE SU SENDA PSICODÉLICA
Por Peyote
Físicamente, Las guitarras mienten emula su carátula: una flama en clave de chorro de sangre atravesando cierta oscuridad sórdida. Una muy sentida, con la honestidad necesaria para retratar la psicodelia tan propia de las líricas y los acordes disonantes, sucios y lapidarios aquí compresos; como víctimas de un enemigo interno. Porque pese a haber mucho sentido en el tercer largaduración de Termita, el cuarteto pareciera haberse descreído del entorno, haber dejado de sentir.
Es que el regreso de la banda, tras estupendas dosis de sombra y una pereza moral irresistible, como en Termita (1999) y sobre todo en Alas (2002), marca un sendero dentro de los melómanos locales seguidores de las discográficas de las islas británicas. Los fantasmas de los ingleses Wire (‘Febrero 2002’) o de los irlandeses My Bloody Valentine (‘Amo tu caos’) penan estos dieciséis temas de rock imaginativo y libre de prejuicios. Porque, claro, así como en la literatura y la música, las guitarras siempre dicen la verdad mintiendo. No nos engañemos.
Alguna vez Arturo Figueroa (guitarrista y voz, pero por sobre todo el principal compositor de Termita), comentó, refiriéndose a las líricas de Alas: “Pese a todo, incluso un fracaso anunciado, vale la pena luchar por construir retazos de vidas”. En clave de Nick Drake, Magnetic Fields o Guy Chadwick, las letras de Las guitarras mienten vienen acusativas y limadas de lúcida melancolía. Como dejándose engañar (o, en verdad, desacreditar) por la incoherencia de aquella frase. Porque definitivamente, independiente de la suavidad (‘Apagar el sistema’), lo directo (‘Radio’) o sombrío (‘Nastassia Kinski’ o ‘La anomia’), las letras de Las guitarras mienten tienen ese guiño necesario para tildarlo como un álbum desconsolado.
Siempre con las guitarras eléctricas al mando, Termita (compuesto también por Víctor Martínez en batería, Roberto Rojas en guitarra y coros, y Patricio Román en bajo) justifica la mitomanía. Porque, ¿qué más hacer cuando sólo se puede sentir? Bueno, por qué no, mirar el techo con insomnio y la resaca de este disco de pop estrujado: bien se podría homologar a uno de fines de los 60, claro, con la oscuridad de nuestras actuales noches.














